jfreolp.com
En el trabajo me pagan por bañar a las madres de otros. A la mía la bañaba por las noches. Y me avergonzaba aún más. Si tú también bañas a alguien. O esperas a que alguien te bañe a ti. Lee hasta el final. No tengo derecho a callarme. Me llamo Carmen García. Tengo cuarenta y nueve años. Vivo en Madrid, en Carabanchel, en un segundo piso. Llevo once años trabajando en el servicio de ayuda a domicilio. A las siete de la mañana salgo con una bolsa: guantes, sábanas, jabón, tensiómetro. Hasta el mediodía recorro cinco o seis domicilios. Por la tarde, otros tres. Por la noche vuelvo a casa y empiezo el segundo turno. Ese no me lo apunta nadie. Mi madre, Elena, tiene setenta y seis años. Vive en el cuarto piso del portal de al lado. No hay ascensor. Desde hace tres años no baja sola. Mi padre murió en dos mil diecinueve. Del corazón. Desde entonces yo soy todo para ella: hija, cuidadora, cocinera, cartera. Mi hermano está en Alemania. Llama por Semana Santa y por su cumpleaños. Manda dinero. No viene. En ayuda a domicilio nadie pregunta cómo estás. Preguntan cuántos domicilios has hecho y por qué la señora Martínez vuelve a tener las sábanas mojadas. Yo me callo. Como todos. Las rodillas de mi madre empezaron a ir a peor hace seis años. Primero las escaleras. Luego el baño. Después el orinal que puse junto a la cama y que ella escondía bajo la manta cuando venía la vecina. Decía: la edad. El médico del centro de salud dijo lo mismo en cinco minutos. Pastillas. Después gel de farmacia. La piel se enfriaba, por dentro nada. Luego una derivación al traumatólogo: cuatro meses de espera. El traumatólogo dijo: prótesis, nueve mil euros, lista de espera de dos años. Y se fue. Yo la cargaba. Cincuenta y ocho kilos. Por las escaleras, en brazos, cuando había que llevarla al coche para hacerle pruebas. Por la noche, para darle la vuelta. Durante el día, ancianas ajenas con el mismo peso. La espalda empezó a crujirme ya a los cuarenta y cinco. No se lo dije a nadie. Quien tra