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A los 48 años firmé el informe de la autopsia de mi propia madre. Lo que ninguna prueba médica detectó en vida, lo encontré con mis propios ojos incrustado en lo más profundo de sus intestinos y de su hígado. Durante meses fui incapaz de hablar de esto con nadie. Hoy lo pongo por escrito porque al séptimo día liberé a mi propio organismo de la misma plaga silenciosa que acabó con la vida de mi madre. Me llamo Dr. Tomás Santos. Tengo 48 años y trabajo como médico especialista en anatomía patológica en un hospital comarcal en Ciudad Real. No en una clínica privada de lujo en el barrio de Salamanca. No en un centro estético exclusivo. En el sótano frío de un hospital público provincial, donde los pasillos están siempre desiertos y el depósito de cadáveres permanece en un silencio sepulcral. Ese es mi lugar de trabajo diario. Llevo más de veinte años bajando esas escaleras cada mañana, poniéndome la bata, calzándome los guantes quirúrgicos y cumpliendo con mi deber. Para mí, la muerte jamás fue un concepto dramático. Era simplemente mi trabajo clínico rutinario. O al menos eso me repetía a mí mismo hasta aquella fatídica mañana. Mi madre, doña Pilar, tenía 73 años. Trabajó durante toda su vida como cartera rural en un pequeño pueblo de la comarca. Durante treinta años se levantó a las cinco de la mañana. Bajo el calor abrasador de agosto, entre heladas de invierno y temporales de lluvia, recorría a pie las calles repartiendo cartas y los giros de las pensiones de los ancianos. En el pueblo todos la conocían y la querían; hasta los perros de las fincas salían a moverle la cola a su paso. Cuando finalmente se jubiló, los vecinos me lo decían constantemente: *«Doña Pilar, cómo se echa de menos su sonrisa por las mañanas.»* ¿Y qué hice yo? Jamás le exigí que bajara el ritmo o que descansara de verdad. Mi mujer y mis dos hijas —que ahora tienen 16 y 13 años— llevamos quince años viviendo en la capital provincial. Mi padre falleció hace doce años a causa de un