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💔 Me faltaban 2,40 euros en la caja. La gente de detrás suspiraba, la cajera miraba hacia otro lado, y yo estaba allí con el teléfono en la mano, queriendo simplemente desaparecer. Me llamo Amaranta Astudillo. Tengo 32 años. Crio a mi hijo sola. Tiene siete. Trabajo como dependienta en una tienda de ropa. No es el peor trabajo, pero siendo sincera — cuando pasas el día doblando la ropa de otros, colgando chaquetas nuevas, sonriendo a la gente y ayudándoles a elegir lo que tú no puedes permitirte, algo dentro de ti se va rompiendo lentamente. El sueldo llega — y desaparece casi al instante. El alquiler. La luz. Internet. El abono de transporte. El comedor del colegio. Medicinas, cuando mi hijo vuelve a toser. La compra, que sube cada semana. No vivo mal en apariencia. Tenemos un piso limpio. Mi hijo tiene ropa. Siempre procuro que él no vea cómo cuento las últimas monedas. Pero las cuento. Cada mes. Cada ticket. Cada vez que voy al supermercado. Lo peor llegó esa semana, cuando llegó un