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Me faltaban 2,40 euros en la caja. La gente detrás suspiraba, la cajera miraba más allá de mí, y yo estaba con el teléfono en la mano y solo quería desaparecer." Me llamo Amaranta Astudillo. Tengo 32 años. Crio a mi hijo sola. Tiene siete. Trabajo como dependienta en una tienda de ropa. No es el peor trabajo, pero siendo sincera — cuando pasas todo el día doblando ropa de otros, colgando chaquetas nuevas, sonriendo a la gente y ayudándoles a elegir lo que tú misma no puedes permitirte, algo dentro se rompe lentamente. El sueldo llega — y desaparece casi al instante. El alquiler. La luz. Internet. El abono de transporte. Las comidas del colegio. Los medicamentos, cuando mi hijo vuelve a toser. La compra, que sube de precio cada semana. No vivo mal en apariencia. Tenemos un piso limpio. Mi hijo tiene ropa. Siempre hago que no vea cómo cuento las últimas monedas. Pero las cuento. Cada mes. Cada ticket. Cada visita al supermercado. Lo peor llegó esa semana, cuando llegó una carta del banco