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No debería estar escribiendo esto. Pero ya no puedo guardármelo más. Antes de que sigas — solo para que me entiendas bien: no soy de las que exponen su vida. Nunca lo he sido. Soy de las que se callan. Aprietan los dientes. Sonríen cuando quieren gritar. Veintitrés años apañándomelas sola. Sin quejas. Sin publicaciones. Sin "pobrecita de mí". Pero tres personas a las que se lo conté en persona — cuando literalmente ya no podía respirar — me dijeron todas lo mismo: "Andrea, escríbelo. Hay muchas chicas que piensan que están solas en esta mierda. Pero no es verdad." Así que aquí está. Una vez. Sin adornos. Quién soy. Me llamo Andrea. Tengo veintitrés años. Crecí en un pueblo de Toledo. De esos sitios donde la fábrica de muebles cerró hace años y la mitad de los bares del centro están cerrados. Ahora vivo en Madrid. Pero entre "antes" y "ahora" hubo un hombre. Uno que me rompió tanto que todavía estoy recogiéndome los pedazos. Mamá. Una vieja lesión de columna. Se cayó por las escaleras hace años. La Seguridad Social cubre lo básico — ibuprofeno de 600 y algo de fisioterapia si esperas seis meses. ¿Pero la operación que necesita de verdad? ¿El especialista en la Clínica Ruber? Eso no lo cubre la pública. Veinticinco mil euros. Nunca tuvimos esa clase de dinero. Ni de lejos. Me mudé a Madrid con un solo pensamiento: voy a conseguirlo. Voy a ganar el dinero. La voy a ayudar. La voy a sacar de esta. Madrid ni me vio. Un bar en Malasaña. "La Esquina." Diez horas de pie. El suelo pegajoso de cerveza derramada y Dios sabe qué. El encargado es un gilipollas — te descuenta si llegas dos minutos tarde. Niños pijos de la Complutense borrachos agarrándome la cintura en despedidas de soltero. Viejos que deberían saber comportarse metiéndome mano. Esquivo. Sonrío. Me callo. Las propinas son una mierda. Piso en Vallecas. Bueno, ni piso. Una habitación en un piso compartido. 550 euros al mes. Moho en el techo. Los otros compañeros son ruidosos de cojones. La cocina siempre está asque