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Trabajo por el salario mínimo. Pero hace poco compré un MINI Cooper Cabrio de segunda mano. Todo por culpa de algo que encontré por casualidad. ——— Me llamo Camila. Tengo 29 años. Trabajo en una gasolinera Repsol. En caja. Turno de mañana — de 6 a 14. A veces de 14 a 22 cuando alguien falta. Unos 7,80 € la hora. Después de impuestos y Seguridad Social — poco más de 1.250 € al mes. ¿Parece razonable? No lo es. Estos son los gastos: Habitación: 480 € (gastos incluidos, sin internet) Internet + móvil: 45 € Abono transporte: 40 € Comida: 250 € Ropa y zapatos: 20 € (Humana, casi todo de allí) Medicamentos: 15 € Imprevistos: 35 € Sobra: 365 €. 365 € parece dinero. No lo es. Es lo que cubre todo lo que se me olvidó. Y todo lo que va a pasar mañana. Y mañana siempre pasa. No había drama. No había deudas enormes. Solo esa sensación constante de que el dinero se acababa antes de que terminara el mes. Siempre. Todos los meses. Sin excepción. ——— Me saqué el carné de conducir a los 18 años. Orgullo total. Me sentía adulta, libre, lista para todo. Y desde entonces — nunca he tenido un coche. Ni una vez. Siempre en transporte público. En coche de otros. A pie cuando no había otra opción. El turno de las 6 de la mañana es el peor — el primer autobús pasa a las 5:40, llego siempre en el último momento, a veces ya está el compañero mirando el reloj. Pero lo peor no es eso. Lo peor es el trabajo en sí. Paso ocho horas en caja viendo coches entrar y salir. BMW, Mercedes, Porsche, SUVs enormes con cristales tintados. Proceso los pagos. Digo "buenos días" y "gracias" sin parar. Y los veo salir de la gasolinera, acelerar hacia la carretera. Con sus coches. Con sus vidas. Desde que me saqué el carné pienso: algún día. Algún día tendré el mío. Siempre algún día. ——— Llevo dos años sola. Desde que me fui de casa de mi ex compañera de piso. No fue por una razón grande. Fue por la acumulación de pequeñas cosas — la forma en que usaba mis cosas sin preguntar, cómo dejaba la coci