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Llegué a casa pero no entré. Me quedé sentado mirando el volante. No sabía qué iba a decirle a mi mujer. Y entonces abrí el teléfono y todo cambió. Me llamo Mateo García. Tengo 37 años. Soy albañil. Dieciocho años en obras. Cemento, ladrillo, andamios. Te levantas temprano, te acuestas tarde, vuelves a casa sucio y cansado. Siempre he trabajado. Nunca me he quejado. Es solo trabajo. Pero el invierno pasado el contratista con el que llevaba seis meses trabajando empezó a retrasar los pagos. Primero una semana. Luego dos. Hablamos, prometió que ya llegaba. Tres semanas. Un mes. Casi dos meses. Y las facturas no esperaban. La hipoteca. Los gastos. El préstamo que pedimos hace dos años para arreglar un poco el piso. La compra. Todo lo que hace falta para que una familia viva normal. Mi mujer no preguntaba de más: sabe cómo es esto en la construcción. Simplemente apretaba donde podía. Gastaba menos. Cocinaba más en casa. No hablábamos del dinero en voz alta. Los dos sabíamos que estábamos a