Jugar aquí 👉
Me mudé a España persiguiendo un sueño. Pero, en lugar de eso, solo encontré deudas, soledad y 40 euros en mi cuenta bancaria. Me llamo Aminata Barry. Tengo 34 años. Hace un año y medio dejé mi país y me mudé a Madrid. Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas, miraba por la ventanilla sin poder creer que aquello me estuviera pasando. El sol brillaba, había palmeras y el aeropuerto estaba lleno de vida… En ese momento sentía que mi vida por fin iba a empezar de nuevo. En mi país todo el mundo me decía: «Qué suerte tienes. España es un sueño». Y yo también lo creía. Vendí casi todo lo que tenía. Pedí dinero prestado a mis familiares. Les prometí que, al cabo de un año, tendría un buen trabajo, mi propio piso y una vida estable. Durante las primeras semanas publiqué fotos de Madrid: la Puerta del Sol, el parque del Retiro, las estrechas calles del casco antiguo y los preciosos atardeceres. Todos pensaban que llevaba una vida maravillosa. Nadie veía la realidad. En realidad, vivía en una habitación diminuta en el barrio de Lavapiés. Era tan pequeña que el tendedero casi tocaba la cama. En verano hacía un calor insoportable y, en invierno, por las viejas ventanas entraba el frío sin parar. Al principio no dejaba de repetirme: «Es solo algo temporal. Pronto todo mejorará». Pero nada cambiaba. Estuve buscando trabajo durante casi dos meses. Algunos días caminaba más de 20.000 pasos, yendo de una entrevista a otra en metro y en los trenes de Cercanías. Volvía a casa tarde, completamente agotada, con las piernas ardiendo del cansancio y con otro rechazo más. «No tiene suficiente experiencia». «Ya la llamaremos». Pero nunca me llamó nadie. El dinero se acababa demasiado rápido. La habitación costaba casi 700 euros al mes. El transporte, unos 55 euros. El teléfono, otros 25. El resto se iba en hacer la compra en Mercadona. Empecé a ahorrar absolutamente en todo. Hubo semanas en las que solo comía arroz, huevos y fideos instantáneos. A veces me acostaba tempra