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«Tienes 72 horas para saldar una deuda de 29.400 euros.» Todavía recuerdo el día en que nuestra vida llegó definitivamente a un callejón sin salida. Me llamo Adrián Montalvo, tengo 37 años y vivo con mi esposa Carmen y nuestra familia en las afueras de Valencia. Hace cuatro años dimos el que creíamos que sería el paso más importante de nuestras vidas: compramos un pequeño piso en Benimaclet mediante una hipoteca de 145.000 euros. Yo trabajaba como recepcionista en un hotel de la costa y Carmen era diseñadora gráfica freelance. Pagábamos la hipoteca puntualmente y todo marchaba bien, hasta que nos golpeó una doble pesadilla que, por desgracia, muchos españoles conocen. Todo comenzó el verano pasado. Nos fuimos dos semanas a visitar a mis padres al norte. Cuando regresamos, la cerradura de nuestro piso había sido cambiada y dentro vivía otra familia. Unos okupas. En España, la ley funciona de tal manera que, si no consigues desalojar a los okupas durante las primeras 48 horas, empieza un auténtico infierno: llamar a la policía ya no sirve de nada, hay que acudir a los tribunales y esperar años hasta conseguir el desalojo. Mientras tanto, al banco le da igual que haya desconocidos viviendo en tu vivienda: la hipoteca hay que seguir pagándola cada mes. Además, la ley ni siquiera nos permitía cortarles el suministro de agua o electricidad, porque los denunciados habríamos sido nosotros. Nos vimos obligados a alquilar de urgencia un pequeño piso para no quedarnos en la calle. Caímos en una trampa: pagar la hipoteca de una vivienda ocupada por otros, pagar el alquiler de otra casa y, además, asumir los honorarios del abogado para el proceso judicial. Y en otoño llegó otro golpe: el mercado laboral. El hotel donde trabajaba me pasó a un contrato de temporada y, cuando llegó el invierno, simplemente dejaron de contar conmigo. Encontrar un trabajo fijo en Valencia sin contactos resultó prácticamente imposible; en todas partes solo ofrecían trabajos temporales de unas pocas se