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Mi hijo se avergüenza de mí Me llamo Javier, tengo 45 años. Vivo en Getafe y llevo dieciséis años trabajando como técnico de mantenimiento de edificios. Hace tres semanas, mi hijo Álvaro me pidió que dejara de recogerlo después de clase. Tiene 18 años y este año empezó la universidad en Madrid. Durante las primeras semanas, algunas veces pasaba a buscarlo al salir del trabajo; de todos modos, me pillaba de camino a casa. Un lunes me escribió: «Papá, hoy no vengas, ya vuelvo yo». Después volvió a pasar varias veces. Pensé que tendría novia o un nuevo grupo de amigos. A los dieciocho años yo tampoco soñaba con volver a casa cada tarde al lado de mi padre. Unos días después, Álvaro se dejó por la mañana una carpeta con documentos en el maletero. Yo tenía un trabajo cerca, así que sobre las cinco le escribí: «Estoy por aquí cerca, te he traído la carpeta». Cuando llegué, estaba en la entrada con tres chicos. Paré a unos veinte metros y le hice un gesto con la mano. Me miró directamente y fingió no verme. Unos segundos después me llegó un mensaje: «Papá, por favor, aparca un poco más lejos. Ahora voy». Lo leí dos veces, di la vuelta a la esquina y esperé allí unos cinco minutos. Álvaro se subió al coche, cogió la carpeta y pasó todo el camino de vuelta a casa mirando por la ventanilla. Por la noche le pregunté directamente qué había sido aquello. Al principio intentó esquivar la pregunta, pero luego soltó el aire y dijo: «Se ríen del coche». Nuestro Renault Mégane tiene más de veinte años, el parachoques está rayado, el aire acondicionado en verano funciona cuando quiere y, a veces, hay que cerrar la puerta del conductor dos veces. Pero funciona, y hasta aquella noche nunca había pensado que fuera algo de lo que avergonzarse. «Álvaro, solo es un coche viejo». Se quedó callado y dijo: «Papá, no es solo por el coche». Resultó que en su nuevo grupo hablaban mucho de sus familias. El padre de uno es médico, los padres de otro tienen una empresa de construcción y a otro lo re