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Camila Acosta, te quedan 72 horas. Me llamo Camila Acosta, tengo 36 años. Vivo en Buenos Aires, en el conurbano, en un barrio de la zona oeste, junto con mi marido Lucas y nuestros dos hijos: Martina de 9 años y Tomás de 6. Yo y Lucas vinimos a Buenos Aires hace diez años, saliendo de un pueblo chico del interior de Córdoba. Llegamos con dos valijas y la esperanza de que la vida iba a mejorar. Al principio aceptábamos cualquier cosa: depósito, limpieza, delivery. Todo para bancarnos solos. Después de tres años la vida se acomodó un poco. Conseguí un laburo de técnica de mantenimiento en una fábrica y Lucas empezó a laburar en un local de ropa. Una vida común. Parecía estable. Ahí decidimos comprar la casa. Una casita chiquita adosada. 45 millones de pesos. La entrada fue baja, así que la cuota mensual quedaba por los 350.000 pesos. Era un compromiso pesado, pero dábamos para llegar. Así vivimos. Hasta principios de 2026. En enero la empresa anunció una reestructuración. Yo quedé afuera. Empecé a buscar laburo enseguida. Pero en mi rubro, acá en Buenos Aires, la cosa estaba complicada: muchas fábricas cerrando o pasándose a subcontratistas. Me llamaban a las entrevistas, pero siempre terminaban eligiendo a alguien más joven o con certificado reciente de las máquinas nuevas. Hice hasta un curso de actualización de dos meses, con los últimos ahorros que teníamos. Pero las vacantes se fueron acabando. Los primeros seis meses nos bancamos con lo que sobraba. Después se terminó. Lucas agarraba más turnos, pero no alcanzaba. A fin de mes contábamos cada peso. A veces había que elegir: pagar la cuota de la casa o hacer las compras en el Día o en el Carrefour. Los chicos no siempre entendían por qué volvíamos a cenar con las cosas más baratas. Los atrasos en el pago de la casa empezaron a acumularse. Un mes. Tres meses. Ocho meses. El banco llamaba con regularidad. Después llegaron las cartas documento. Y más tarde los cobradores. Llamaban de números distint