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SEÑORA BECKE, LE QUEDAN 72 HORAS ANTES DE QUE COMIENCE EL PROCEDIMIENTO DE EJECUCIÓN DE LA VIVIENDA. Recuerdo perfectamente el momento en que mi vida cambió para siempre. Me llamo Laura Becke. Tengo 36 años. Vivo en Málaga, en el barrio de Huelin, con mi marido Marcos y nuestros dos hijos: Emilia, de 6 años, y Tomás, de 4. Hace 9 años llegamos desde Paraguay. Marcos y yo vivíamos en Filadelfia, en el Chaco, una colonia menonita en medio del desierto. Mi familia lleva allí tres generaciones. Nuestro apellido es alemán, pero somos paraguayos de nacimiento. Marcos trabajaba en un frigorífico. Yo daba clases en una escuela local. Ganábamos poco. Muy poco. Alcanzaba para comer, pero no había futuro. Cuando nació Emilia, Marcos me miró y me dijo: — Laura, aquí no tenemos hacia dónde crecer. Ni nosotros ni ella. Tenía un primo en Málaga que trabajaba en la construcción. Nos dijo: venid, aquí hay trabajo. Vendimos lo poco que teníamos, compramos dos billetes y aterrizamos en España con 1.200 € y una hija de seis meses. Al principio trabajábamos en lo que saliera. Marcos, en el almacén de Mercamálaga y después haciendo repartos. Yo limpiaba casas y cuidaba a los hijos de otras personas. Los primeros dos años fueron duros. Pero aguantamos. Porque cada mañana había sol y cada noche existía la promesa de que al día siguiente todo sería un poco mejor. Cuatro años después entendimos que no íbamos a volver. Así que hace 5 años decidimos comprar un piso. Tres habitaciones en Huelin, a seis calles del mar. 195.000 €. Dimos una entrada de 22.000 € —todo lo que habíamos ahorrado céntimo a céntimo durante cuatro años— y la cuota mensual quedó en unos 890 €. Íbamos justos, pero llegábamos. Encontré un trabajo fijo como administrativa en una clínica dental del centro. Marcos empezó como conductor-repartidor en una empresa de mensajería. Todo iba bien, hasta que se derrumbó. A principios de 2025 la clínica cerró. Sin previo aviso. Un viernes a las 14:00 nos dijeron que el lunes