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Me llamo Inés, tengo 24 años y ahora voy a contar algo que haría que cualquier persona normal se muriera de vergüenza. Pero es la verdad. Hace seis meses no es que estuviera tocando fondo… es que literalmente me estaba ahogando en la miseria. Me echaron del trabajo después de una bronca tremenda, las deudas me tenían tan asfixiada que no tenía dinero ni para comer, y mi casera ya estaba metiendo mis cosas en bolsas de basura. Aquel viernes, una amiga me sacó prácticamente a la fuerza a una discoteca para que no acabara volviéndome loca. Estaba junto a la barra, con la mirada perdida, cuando se acercó él. Un perfume carísimo, un reloj suizo que costaba lo mismo que un buen coche y esa mirada de alguien que se cree dueño del mundo. Me invitó a un cóctel, intercambiamos unas palabras. Y de repente se inclinó hacia mí y me susurró: —Ven conmigo a uno de los baños. Hazme pasar un buen rato y te doy 1.500 euros. Pensé que era una broma de muy mal gusto. Pero me miraba completamente en serio. 1.500 euros. Para él, una miseria que podía gastarse en una sola noche. Para mí, significaban pagar mis deudas y tener una oportunidad de no acabar en la calle. La desesperación me revolvía el estómago, pero… acepté. Nos colamos en uno de los cubículos del baño de la discoteca. Estaba de rodillas delante de él, tragándome las lágrimas de humillación mientras los bajos de la música retumbaban a nuestro alrededor, sintiéndome como la última basura del mundo. Pero el verdadero shock llegó después. Cuando todo terminó, él empezó a contarme los billetes con toda la tranquilidad del mundo, mientras su móvil estaba apoyado encima de la cisterna del váter. La pantalla no dejaba de iluminarse con notificaciones. Miré de reojo y casi me vuelvo loca. No paraban de llegar notificaciones de una aplicación. El dinero entraba sin parar: +200 €, +500 €, +1.200 €… No pude aguantarme y le pregunté qué coño era aquello. Se rio por lo bajo y me dijo que, mientras nosotros estábamos allí divirtié