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Hay cosas que no le cuento a nadie. Ni a mi madre, ni a Marcos, mi mejor amigo desde el instituto. Pero esto lo quiero decir porque ya no me cabe en el pecho. Trabajo en un taller mecánico en Getafe, llevo siete años metiendo mano a motores ajenos. Me llamo David, tengo 32, y hasta hace unos meses mi realidad era bastante simple: contrato temporal renovado cada seis meses, 1.340 euros netos, y una lista de gastos que siempre llegaba antes que la nómina. El alquiler de mi piso, que comparto con otro chaval, se come casi la mitad. Lo que queda se va en gasolina, en la compra del Lidl y en algún café que me permito como acto de resistencia. No me quejo en voz alta. Somos así los del taller: te tragas el orgullo y sigues dándole a la llave inglesa. Pero por dentro llevaba meses con esa presión constante, esa que no te deja dormir bien, la que te hace mirar el móvil a las 2 de la mañana calculando si el 20 llegas o no llegas. El tema del coche lo remató todo. Un Volkswagen Polo del 2008 que es mi herramienta de trabajo, el que uso para ir al taller antes de que abra el metro. A finales de febrero el turbo empezó a dar problemas. Ironía pura: el mecánico con el coche roto. No podía arreglarlo yo mismo porque las piezas me salían por 680 euros y en ese momento tenía 214 en la cuenta. Pedí al banco un pequeño préstamo y me dijeron que con contrato temporal no me lo daban. Normal. Todo muy normal en este país. Fue un martes de esos grises, con el Polo aparcado en la calle porque no me fiaba ni de encenderlo, cuando vi una publicación en Instagram. No era lo que buscaba, simplemente apareció. Un tío contaba que había ganado más de 30.000 euros jugando en una plataforma de casino online. Mi primer impulso fue pasar de largo —he visto mil estafas así— pero algo me hizo parar. El comentario que más repeticiones tenía decía: "Llevaba desconfiando dos meses y al final lo probé. Os cuento en directo lo que pasa." No lo descargué ese día. Lo estuve mirando durante una semana. P