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De 104 € a 62 410 € en 5 días: mi historia real
Me llamo Daniel Martínez. Tengo 36 años. Vivo en Sant Adrià de Besòs, en el barrio de La Mina, una zona obrera de bloques grises, a medio camino entre la ciudad y la periferia. Es el tipo de lugar donde vive gente como yo: albañiles, conductores y trabajadores. Llevo casi quince años colocando azulejos y baldosas. Baños, cocinas, pasillos, terrazas… todo lo relacionado con la cerámica y el gres porcelánico. En los meses buenos ganaba entre 1.700 y 2.200 euros. Pero cada vez hay menos meses buenos. O escasea el trabajo o tardan en pagarte. Hace tres meses, en una obra de La Mina, me humillaron de una manera que todavía no consigo quitarme de la cabeza. Estábamos toda la cuadrilla, unos siete u ocho trabajadores. Entonces llegó el encargado, Miguel, en un Audi nuevo. Blanco, brillante, como si acabara de salir del concesionario. Recorrió la obra, se detuvo delante de todos y empezó a gritarme: — Daniel, mira esa pared. ¿Quién te enseñó a colocar azulejos? Te mueves como un jubilado. Las juntas están torcidas y el nivel baila. ¿Y todavía quieres cobrar 35 euros por metro cuadrado? ¿Estás de broma o también quieres un premio por ser el trabajador más lento de la obra? Todos me miraban. Algunos bajaban la vista y otros sonreían disimuladamente. Yo me quedé allí, sin ser capaz siquiera de levantar la cabeza. Miraba al suelo, a las baldosas caras que acababa de colocar. No respondí. ¿Qué podía decir? Me sentía como el último hombre del mundo. Tengo una mujer, Elena. Trabaja en un supermercado de Sant Adrià unas 24 horas a la semana y gana alrededor de 900 o 1.000 euros al mes. Tenemos una hija, Luisa, de cinco años. En diciembre de 2025, una prueba de embarazo volvió a dar positivo. Elena empezó a encontrarse mal: pasaba muchas horas de pie y estaba agotada, así que tuvo que reducir su jornada a 16 horas semanales. A partir de entonces, el dinero dejó de alcanzarnos. Después también se averió mi vehículo de trabajo, un Fiat Doblò viejo. La caja de cambios. La repar