Acto I: La Sombra de la Calle y el Peso de la Inflación En el corazón palpitante y enérgico de Buenos Aires, entre las calles de adoquinado gastado de San Telmo y el murmullo incesante del Obelisco, el aire suele oler a asado a la parrilla, a café recién pasado y a la humedad densa del Río de la Plata. En ese paisaje urbano donde el tango se cruza con el frenesí diario, vivía Santiago. A sus veinticuatro años, la juventud no le pesaba en los hombros como un privilegio, sino como una cuenta regresiva: la rutina transcurría entre los folletos amarillentos de un viejo kiosco de barrio y el peso constante de la incertidumbre económica. Su jornada arrancaba cuando la niebla matutina aún cubría los faroles de la Plaza de Mayo. Mientras las persianas metálicas de los comercios comenzaban a levantarse con un estrépito de hierro, el Subte retumbaba bajo sus pies y los cafés de la esquina despedían sus primeros vapores de ristretto, Santiago ya llevaba una hora descargando cajones de gaseosas, acomodando paquetes de galletitas y ordenando las ediciones del día de los diarios y revistas. Sin embargo, el esfuerzo físico no era la carga más pesada. La constante depreciación del peso argentino y la remarcación incesante de precios transformaban su salario mensual en una ilusión efímera. Cada semana, las etiquetas del kiosco cambiaban hacia arriba, mientras el poder de compra de su dinero se desvanecía antes de llegar a la mitad del mes. Alcanzaba apenas para cubrir el alquiler de una modesta habitación sin ventilación en un inquilinato, comprar la yerba mate del día a día y meter algo de pan en la mesa. Para sus vecinos y conocidos del barrio, el destino de Santiago parecía sellado de antemano: quedar atrapado en el circuito cerrado de la devaluación, la resignación y la monotonía. En las charlas de pasillo, la constante era la queja sin salida; el consenso general dictaba que la única opción era acomodarse al declive y esperar a que el panorama diera algún giro milagroso. Pero c