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Semillas de esperanza
Soñar en nuestra América es como sembrar maíz en laderas empinadas: requiere un esfuerzo que no cualquiera entiende, pero que la tierra agradece. Vos lo sabés, joven que cruzas la ciudad en un bus destartalado para llegar a la universidad. Saliste de una comunidad donde el agua no llega y los libros son tesoros de bibliotecas polvorientas. De niño, tu abuelo te hablaba en lengua indígena sobre los cerros que cuidan los sueños de la gente. Él te dijo: “Estudia, nieto, para que nadie te borre la memoria”. Y vos te grabaste esa frase en el alma. Pero el camino no fue fácil. Tuviste que trabajar desde los doce años en la cosecha del café, en la obra, en lo que saliera. Tus manos se curtiaron antes que tus ideas. Cuando conseguiste la beca, en el pueblo hubo quien murmuró: “Ese muchacho se va a olvidar de nosotros”. Pero vos no te fuiste para olvidar; te fuiste para volver con herramientas. Las noches en el cuarto alquilado huelen a soledad y a fritura de la calle. Muchas veces el cansancio te tumba y los números de la ingeniería te parecen un idioma imposible. Dudás. Sentís que el mundo te queda grande y que tu sueño es un lujo que no te pertenece. En esas horas oscuras, cerrás los ojos y ves el cafetal, el rostro de tu abuela tejiendo, los niños que no tienen maestro. Entonces te levantás, tomás un sorbo de café aguado y seguís estudiando bajo la luz amarillenta. Porque soñar desde abajo es eso: caerse y volver a pararse, con el barro en las rodillas pero la mirada en el horizonte. No estás solo. Somos miles los que caminamos esta misma cuerda floja, cargando la herencia de quienes soñaron antes: los libertadores, los campesinos, las madres coraje, los artistas callejeros que pintan murales de dignidad. Tu sueño no es huida, es trinchera. Es la semilla que, cuando germine, dará sombra a tu gente. Seguí adelante, que cada página estudiada es un acto de rebeldía contra la fatalidad. En esta tierra de volcanes y selvas, de mercados bulliciosos y atardeceres violetas, el s