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Tomé un crédito para salvar a mi hijo. Me llamo Laura, tengo 34 años. Vivo en Buenos Aires, en el barrio de Flores, con mi hijo Lucas, que tiene nueve años. Hace casi cinco años trabajo como cajera en Coto. Es un supermercado normal del barrio. El trabajo es el de siempre: todo el día colas, compras, pagos por Mercado Pago, tarjetas, gente que siempre anda apurada. Pero para mí estaba bien, porque tenía un horario fijo y más o menos sabía cuánto iba a cobrar a fin de mes. Hace unos cuatro meses Lucas se enfermó feo. Al principio pensé que era solo fiebre, pero cada vez estaba peor. La fiebre no le bajaba, casi no comía y estaba tan débil que en un momento me asusté de verdad y lo llevé al hospital. Terminó quedándose 12 días internado. Tuve que pagar aparte algunos análisis, estudios, medicamentos y parte del tratamiento: en el hospital público la obra social cubrió una parte, pero ni de casualidad todo. Yo no tenía esa plata, así que saqué un crédito de unos 1.200.000 pesos argentinos. En ese momento ni pensé en cómo lo iba a pagar. Para mí lo único importante era que Lucas se curara. Se curó, volví al trabajo y empecé a pagar el crédito de a poco. Era difícil, pero la iba llevando. Pagaba el alquiler, la luz, el internet, compraba la comida, y todos los meses una parte del sueldo se me iba en la cuota del crédito. Y después en Coto empezaron a recortarme las horas. Al principio el gerente me dijo que era algo temporal. Me sacaron un turno, después otros dos. A las pocas semanas, en vez de los cinco días de siempre, a veces trabajaba solo tres. Fui a hablar con el gerente y le dije que necesitaba mucho esas horas, porque criaba sola a mi hijo y todavía estaba pagando el crédito de su tratamiento. Me contestó que entendía, pero que la situación era así para todos y que si aparecían turnos extra me iba a avisar. Pero los turnos casi no aparecían. El primer mes todavía la remaba con lo poco que tenía ahorrado. Al mes siguiente ya empecé a comprar comida en c