Hace una semana mi hija y yo dormíamos juntas en una habitación alquilada. Ayer le di la llave de su propia habitación. Todavía no termino de creerlo. Me llamo Marina Vidal, tengo 32 años y vivo en Madrid con mi hija Sofía, que tiene siete. Trabajo como camarera de pisos en un hotel. Seis días a la semana. Y aun así, durante casi dos años, lo único que pude permitirme fue una habitación en un piso compartido. 680 € al mes. Por una habitación. La cama de Sofía estaba a menos de un metro de la mía. Su ropa estaba en cajas debajo de la cama y hacía los deberes sentada encima de mi colchón porque no teníamos sitio para ponerle un escritorio. Compartíamos cocina y baño con otras dos personas. Buena gente. Pero llega un momento en el que tener 32 años y criar a tu hija dentro de una habitación empieza a destrozarte. Sobre todo cuando ella empieza a darse cuenta. Una noche Sofía me preguntó: “Mamá, ¿cuándo vamos a tener una casa solo para nosotras?” Le dije: “Pronto.” Pero la verdad es que no tenía ni puta idea. Llevaba meses mirando Idealista todos los días. En el metro. En el descanso del trabajo. Antes de dormir. Cada vez que encontraba algo decente, pasaba lo mismo: “Ya está reservado.” “Hay más gente interesada.” O simplemente costaba mucho más de lo que podía pagar. Hasta el martes pasado. Estaba comiendo durante mi descanso cuando vi un anuncio nuevo. Un piso pequeño en Carabanchel. 1.190 € al mes. Dos habitaciones. Nada de lujo. Cocina vieja, salón pequeño, suelo antiguo. Pero la segunda habitación tenía una ventana enorme. Le mandé una captura a Sofía. Dos minutos después me llamó. “Mamá.” “¿Qué?” “¿Esa podría ser mi habitación?” Me quedé callada. “Puede ser.” “¿De verdad?” “Voy a intentar verla.” Conseguí una visita para esa misma tarde. Salí del trabajo, recogí a Sofía y fuimos juntas. Nada más entrar se fue directa a la habitación pequeña. Se puso al lado de la ventana y empezó: “Aquí pondría mi cama.” “Aquí mi