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Tengo 39 años y vivo en San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires. Los más cercanos me dicen Dieguito. Hace siete años que trabajo por mi cuenta como camionero, con mi propio Iveco. Pero antes de contarles lo que me pasó, tengo que volver un poco atrás. Si no, no van a entender toda la historia. Antes de eso, trabajé casi nueve años como chofer en una empresa de transporte chica cerca de Rosario. Dentro de todo, estaba bien: me pagaban a tiempo y tenía trabajo. Pero no me sobraba nada. Mi mujer, Lucía, siempre me decía: te pasás el día arriba del camión. ¿Por qué no empezás a trabajar por tu cuenta, como tu tío Ricardo? En 2019 finalmente me animé. Saqué un Iveco Stralis usado, modelo 2016, mediante un leasing en una concesionaria de Rosario. 460 caballos, caja automática. Un fierro, pero mantenerlo no sale nada barato. En ese momento pensé: «Por fin voy a ser mi propio jefe y ganar más que trabajando para otro». La cuota del camión, el seguro, la cobertura de la carga, los peajes, el aceite, las cubiertas… En la planilla, los números cerraban. Y al principio fue así. Hacía viajes por toda la Argentina: Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza. A veces agarraba algún flete al norte. Los meses buenos, después de pagar todos los gastos, alcanzaba para vivir y hasta podíamos guardar un poco. Lucía trabajaba de cajera en un supermercado. Tenemos dos hijos: Mateo, de diez años, y Sofía, de siete. Alquilábamos una casita en las afueras de San Nicolás. Alquiler, luz, gas, comida, útiles escolares, ropa para los chicos… En fin, nos arreglábamos. Pero después los gastos empezaron a subir más rápido que lo que yo ganaba. Ibas a cargar gasoil: más caro. Tocaba cambiar las cubiertas: otro aumento. Necesitabas un repuesto: primero averiguá cuánto sale y después fijate si lo conseguís. Los peajes también se llevaban cada vez más plata. Y cuando intentaba actualizar el precio de un viaje, los clientes me decían: — ya nos pasaron un precio más bajo. Las empresas